En nuestras aulas predominan
los elementos analógicos. Si bien en el contexto de mi trabajo, en el I.P.J.A., contamos
con un televisor por aula, y una sala de computación con una computadora cada
dos alumnos, y una conectividad casi optima; las estructuras de nuestras clases
siguen signadas por las prácticas analógicas.
La posibilidad de “aumentar el
aula”, no es sólo un desafío, sino una necesidad. Aunque los primeros pasos que
demos (no sólo con las herramientas digitales sino también con las lógicas de
construcción de ese tipo de saberes) sean a los tumbos: «La mitad de los chicos no se pudieron conectar a Internet, otros no podían abrir el archivo y muchos no lo habían recibido. Media clase se perdió tratando de tener todo el material para trabajar»[1]; la necesidad de empezar la transición hacia ellas es clave.
Nuestros alumnos son nativos digitales, por lo
que pueden superarnos en el manejo de la herramienta, o de las formas que
construyen sus experiencias digitales; pero somos nosotros quienes debemos
guiar esos aprendizajes. Poder separar “la paja del trigo” (aunque parezca
sonso este dicho más cercano a lo analógico que a lo digital, contiene en sí el
concepto de navegación guiada). Dice Cassany: “Cualquier discurso está situado
en un contexto geográfico e histórico y adopta forzosamente un punto de vista.
De manera que resulta imprescindible leer siempre con perspectiva crítica”[2], crear
esa perspectiva es la nueva tarea que nos tenemos que proponer los docentes.
Para eso debemos formarnos, e investigar,
perderle el miedo a la tecnología y estas nuevas formas de enseñanza y
aprendizaje. Para poder aportarles el “Timón crítico” necesario para que
nuestros alumnos no naufraguen navegando en los vastos mares de Internet.
[1] Sagol, Cecilia, Aulas aumentadas, lo mejor de los dos mundos. 2013
[2] Casanny, Daniel, Navegar con timón crítico.

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